José Martí: algunos criterios sobre el trabajo

Por Diony Sanabia (Editor Jefe de la redacción digital Prensa Latina)

La Habana (PL) Uno de los hombres más grandes de América Latina y paradigma de quienes buscan hoy la realización plena vino al mundo en Cuba el 28 de enero de 1853 con el nombre de José Julián Martí Pérez.

Ese día marcó la vida de los emigrados españoles Mariano y Leonor por la llegada del primogénito, y con el paso de los años, los cubanos convirtieron la fecha en momento apropiado para honrar a su Héroe Nacional.

Según reconocidos historiadores e investigadores nacionales y foráneos, las acciones y los pensamientos de Martí trascendieron y transcienden los límites de su país natal para alcanzar la universalidad y constituir referentes.

Cualquier acercamiento a la producción intelectual del patriota permite a neófitos y expertos conocer sobre temas de diversa índole: política, economía, educación, filosofía, ciencias, cultura, deportes, comunicación y otros.

Entre los disímiles juicios del poeta, periodista y político, conservan enorme vigencia sus ideas plasmadas en la revista La América de Nueva York, en 1883 y 1884, acerca de la necesidad e importancia de trabajar.

La relación del Apóstol con ese medio de comunicación está signada por dos momentos fundamentales: primero como colaborador y redactor, y después en el cargo de director.

A juicio del estudioso cubano Pedro Pablo Rodríguez, Premio Nacional de Ciencias Sociales, resulta la primera publicación sistemáticamente asumida por Martí con plena responsabilidad editorial para expresar aspectos de su pensamiento.

Para el organizador de la guerra cubana de 1895 contra el colonialismo español, “el hombre crece con el trabajo que sale de sus manos” en alusión al poder de construir y fundar de todo ser humano durante el tránsito por la vida.

Es fácil ver cómo se depaupera, y envilece a las pocas generaciones, la gente ociosa, hasta que son meras vejiguillas de barro, con extremidades finas, que cubren de perfumes suaves y de botines de charol, escribió.

También afirmó que el que debe el bienestar a su trabajo, o ha ocupado su vida en crear y transformar fuerzas, y en emplear las propias, tiene el ojo alegre, la palabra pintoresca y profunda, las espaldas anchas y la mano segura.

“Se ve que son esos los que hacen el mundo, y engrandecidos, sin saberlo acaso, por el ejercicio de su poder de creación, tienen cierto aire de gigantes dichosos, e inspiran ternura y respeto”, recalcó.

Resulta evidente la amplia importancia que Martí concedió a la relación entre los esfuerzos realizados y el tributo recibido, ya sea para beneficio individual o colectivo.

“He ahí un gran sacerdote, un sacerdote vivo: el trabajador”, apuntó en el texto Trabajo manual en las escuelas, y además subrayó que “hoy, con la colosal afluencia de hombres inteligentes y ansiosos en todos los caminos de la vida, quien quiera vivir no puede sentarse a descansar”.

Nunca, añadió, fue más grande ni más pintoresco el universo. Sólo que cuesta trabajo entenderlo, y ponerse a su nivel: por lo que muchos prefieren decir de él mal, y desvanecerse en quejas. Trabajar es mejor, y procurar comprender la maravilla, y ayudar a acabarla.

Los tiempos, precisó en Escuela de artes y oficios, están revueltos; los hombres están despiertos, y cada cual ha de labrarse con sus manos propias la silla en que se sienta al festín de la Fortuna.

“Quien quiera nación viva, ayude a establecer las cosas de su patria de manera que cada hombre pueda labrarse en un trabajo activo y aplicable una situación personal independiente”, enfatizó al final del texto.

Contra los vagos, Martí aseveró de manera certera que como no se tiene derecho para ser criminal, no se tiene derecho para ser perezoso, pues “ni indirectamente debe la sociedad humana alimentar a quien no trabaja directamente en ella”.

Mientras que todo no esté hecho, comentó en Inmigración italiana, nadie tiene derecho a sentarse a descansar, y “es peligroso para un pueblo que nace, el espectáculo y el contacto de una agrupación de hombres inactivos que no crea ni aspira”.

Sobre los obreros, Martí reflexionó que mientras no sean hombres cultos no serán felices, con lo cual otorgó primordial papel a la preparación intelectual en aras de llevar adelante el éxito en sus faenas o las realizaciones personales.

Para el Maestro, los trabajadores ignorantes, que quieren poner remedios bruscos a un mal que sienten, pero cuyos elementos no conocen, los vencerá siempre el interés de los capitalistas, disfrazados, como de piel de cordero una zorra, de conveniencias y prudencias sociales.

A los obreros razonadores, mesurados, activa, lenta y tremendamente enérgicos, no los vencerá jamás, en lo que sea justo, nadie, sentenció.

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