El perfeccionamiento de la democracia en #Cuba.

Tomado del Blog Turquinauta

Por Msc Evelio Ramos González.

Cuando se discute sobre las relaciones humanas y sale a relucir la democracia con que estas se llevan a cabo, posiblemente se esté hablando de uno de los asuntos más llevados y traídos de todos los tiempos.

Resulta natural que así sea porque desde que el hombre comenzó a socializarse, apareció el ejercicio del poder como necesidad objetiva de nuestra especie. Este poder, interpretado como forma de relación en la que alguien o algunos ejercen su voluntad, mientras que uno o varios individuos la acatan, resulta un tipo de relación de la que los humanos no pueden desprenderse so pena de que la vida transcurra por su libre albedrío. Históricamente, en cualquiera de los escenarios en que los hombres se han relacionado, a unos les ha correspondido mandar, mientras otros han obedecido.

En el seno de las familias, los equipos de trabajo o deportivos, las fábricas, empresas o las comunidades, entre infinidad de ejemplos, siempre se evidencian las relaciones de poder y en consecuencia hacen presencia los que mandan y los que obedecen.

El asunto neurálgico de las relaciones en que se requiere del ejercicio del poder radica, no en el escenario o la actividad, sino cuáles son los principios democráticos con que se ejerce. Un tipo particular de democracia y quizás la más estudiada es la que se asocia con la participación de los individuos en los procesos políticos según el sistema político adoptado por cada nación. El tipo de democracia que contempla los modos y el carácter con que los individuos, las instituciones y organizaciones de la sociedad civil participan en las decisiones políticas que les atañe, con independencia del sistema político de que se trate, es denominada por politólogos y sociólogos como democracia política.

Precisamente en el presente trabajo abordaré mis consideraciones sobre la concepción y el estado de la democracia política en Cuba, así mismo haré referencia a cambios que considero necesarios y oportunos para su perfeccionamiento. La relevancia del asunto está dada, por una parte, en que desde hace medio siglo las campañas propagandísticas de los Estados Unidos contra Cuba han abordado en extenso este tema, también debido a que constituye uno de los argumentos enarbolados por las administraciones estadounidenses para financiar las acciones subversivas contra la sociedad cubana, incluso a la falta de democracia en Cuba se refirió el presidente Barak Obama en su reciente visita a la isla, y, finalmente, porque se ha incrementado entre los cubanos el consumo de productos culturales que abordan la relación entre democracia y poder político solo vista en relación con las campañas electorales. Para adentrarnos en el tema que nos ocupa, les propongo que mediten en tres presupuestos avalados por mis estudios sobre el carácter político de las relaciones humanas. Ellos me servirán de referentes teóricos para las consideraciones que sobre la democracia política en Cuba compartiré con ustedes.

1º. No existe un ideal común de democracia política; el contenido de las formas democráticas y su expresión jurídica responden a los intereses de la clase que ostenta el poder político en un país dado, con la intensión de asegurar que la producción y reproducción de la vida material y espiritual de la sociedad aseguren sus intereses de clase.

2º. No existe una dimensión universal, continental, territorial o local de democracia; su conceptualización ideológica depende de cómo, cuándo y dónde las clases dominantes necesiten de la participación ciudadana en aquellas decisiones políticas que de manera directa o indirecta les atañe.

3º. No existe la democracia total; por lo que los límites al ejercicio de la misma los establecen las clases en el poder según su interpretación de las condiciones histórico-concretas, valiéndose para ello de los poderes del Estado y de organizaciones e instituciones de la sociedad civil que actúan como aliadas suyas.

De la lógica anterior se desprende que la valoración del concepto de democracia política, debe tomar en consideración que su contenido, alcance y limitaciones están enraizadas en las experiencias histórica, política, económica y cultural acumuladas por cada sociedad en su desarrollo. En particular, la clase política que eventualmente ejerce el poder político en una sociedad establece sobre los anteriores presupuestos, los principios democráticos que le aseguren su supremacía sobre el resto de las clases sociales; de aquí que la lucha de clases hacia lo interno de las sociedades continúe tomando como eje central la preservación o el cambio de los principios democráticos políticamente establecidos.

Coincidiremos que resulta expresión de ignorancia o intromisión que un gobierno, partido o líder político evalué, desde las experiencias democráticas que su sistema asume, que otra nación sea portadora o no de democracia política. Sería aconsejable que sobre esta base nos preguntáramos: ¿Cómo interpretar el papel de las actuales monarquías así como de las reinas y los reyes europeos?; ¿qué interpretación merece la autoridad jerárquica de los jefes de tribus de África?; ¿cuándo los caciques de las comunidades selváticas de Suramérica desaparecerán?; ¿dónde se expresa mayor democracia política en los sistemas presidencialistas o parlamentaristas de las naciones de América? Convenzámonos que la respuesta, para que sea realmente desprejuiciada, solo corresponde a los ciudadanos de cada país, ya que son ellos los que están jurídicamente encargados de valorar si su sistema político les proporciona o no la democracia política que necesitan, y en consecuencia respaldarlo o contrariarlo.

A la altura del análisis estoy en condiciones de compartir mi visión en relación con la democracia política ejercida por el sistema político cubano a lo largo de más de medio siglo. Para favorecer la comprensión sobre las formas del ejercicio de la democracia política en Cuba, y en consecuencia obtener argumentos para valorar los procederes del sistema político cubano como garante de la participación protagónica de las masas en la transformación cultural del país, recurriré, desde mi experiencia política, al análisis del desempeño del mismo en la materialización de los principios generales que han actuado como aseguradores de que el pueblo cubano se reconozca dueño de su destino. Los mencionados principios generales son:

Las riquezas acumuladas son destinadas al desarrollo integral del país y la satisfacción equitativa de las crecientes necesidades de la población. El Estado en su condición de garante del bienestar del pueblo asegura el control y empleo de los principales medios de producción en función del bienestar de la ciudadanía. La ciudadanía participa de manera masiva, consciente y sistemática en el análisis, aprobación y control de las políticas públicas.

Las instituciones, organizaciones y los ciudadanos que conforman la sociedad civil socialista son protagonistas de la transformación material y espiritual de las comunidades. Los medios de difusión masiva concentran su labor en informar y educar a la población de manera objetiva, oportuna y atractiva sobre el acontecer nacional e internacional. Durante la búsqueda de información sobre este asunto en discursos, textos, artículos y ensayos de académicos, políticos e intelectuales cubanos, descubrí en el discurso de Fidel Castro ante el tribunal que lo juzgaba por los sucesos del 26 de julio de 1953, las referencia a los conceptos de democracia política, justicia social, libertad de expresión y derechos humanos que son realidad en la sociedad cubana.

En el mencionado discurso constaté la génesis del carácter original y revolucionario de la concepción de democracia política que ha pautado el quehacer socio-económico del país a lo largo de medio siglo, concepto que ha respondido a los intereses genuinos de la inmensa mayoría de los cubanos. Para comprender la vigencia e identificación de los cubanos con una concepción y práctica democrática que ha respondido a sus intereses resulta imprescindible recurrir a la historia. La práctica democrático liberal en los 57 años de República mediatizada iniciada con la coyunda de la Enmienda Platt e interrumpida en dos ocasiones por las dictaduras de Gerardo Machado y Fulgencio Batista, no dejaron en la sociedad cubana vestigios de tradición democrática que sirviera de referente a la Revolución. En este sentido hubo que comenzar de cero.

Con la derrota de la tiranía el Gobierno Revolucionario sustituyó de facto a las estructuras estatales y gubernamentales representantes de los intereses de la burguesía criolla y los monopolios foráneos.

Los partidos políticos burgueses se auto disolvieron, dejando el camino expedito a la alianza de fuerzas revolucionarias que derrocaron al último de los desgobiernos de aquella República. Con excepción de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) y la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU), las instituciones y organizaciones que conformaban la sociedad civil de entonces desaparecieron por propia voluntad, y ello facilitó la rápida, masiva y democrática incorporación del pueblo a las organizaciones de masas, sociales, de profesionales y a las Milicias Nacionales Revolucionarias (MNR) que surgieron, con el propósito de que todos los que quisieran se incorporaran a las múltiples tareas de la Revolución y a su defensa armada.

Entre las primeras acciones estuvo la masificación de la instrucción, el conocimiento y la cultura, que fue determinante para lograr la participación consciente de las masas en el quehacer revolucionario. Sin la elevación del nivel cultural hubiera sido imposible multiplicar las potencialidades políticas de la inmensa mayoría del pueblo a favor de la obra que nacía. Durante los primeros 30 años de Revolución, bajo la hostilidad permanente de los Estados Unidos y gracias a la ayuda solidaria de la Unión Soviética y demás países socialistas, los cubanos logramos construir una obra material y espiritual que ha provocado la admiración de los desposeídos del planeta y el odio de las oligarquías nacionales.

Al producirse la desintegración de la Unión Soviética y la desaparición de los países socialistas, y los Estados Unidos arreciar su hostilidad contra Cuba; el país se sumerge en una profunda y extensa crisis económica que pone en peligro los logros alcanzados. Gracias a la conciencia política adquirida por el pueblo, la decisión mayoritaria de los ciudadanos fue responder afirmativamente al llamado del Partido de resistir las calamidades impuesta por la crisis, preservar las conquistas, y encontrar nuevas alternativas al desarrollo del país. En estas circunstancias los Congresos 6º y 7º del Partido delinearon la Actualización del Modelo de Desarrollo nacional en busca de la superación de las consecuencias económicas, sociales, políticas e ideológicas de la prolongada crisis económica y los impactos de la hostilidad estadounidense. Toda la voluntad, inteligencia y el trabajo del pueblo bajo la guía del Partido se ha encaminado a construir el socialismo próspero y sostenible que el pueblo anhela.

Constituye una realidad evidente que los profundos cambios socio-económicos ocurridos en los últimos 25 años de resistencia, recuperación y reforma económica; las más de cinco décadas de enfrentamiento al imperialismo estadounidense para preservar el poder político en manos del pueblo; así como el esfuerzo sostenido por el desarrollo del país y el bienestar de los ciudadanos así como el mantenimiento de la solidaridad con necesitados en decenas de países, han forjado en la población un alto desarrollo intelectual, político y cultural, y con ello se ha enriquecido la capacidad de análisis de la ciudadanía, junto con muchas necesidades materiales por resolver y en consecuencia un amplio espectro de puntos de vista acerca de los problemas de la sociedad cubana y el mundo. Ha cambiado profundamente la mentalidad del pueblo, cuyas mayorías han mantenido una identificación consciente con el ideal socialista, y fidelidad a la dirección histórica de la Revolución, pero es hoy portador de un abanico de ideas, concepciones y experiencias muy amplias, diversas y complejas. En estas circunstancias, los Estados Unidos, en una nueva maniobra para destruir a la Revolución, la reconoce pública y diplomáticamente, se inician conversaciones para descongelar 50 años de diferencias y el presidente estadounidense visita la isla y hace compromisos, tanto con las autoridades cubanas como con la mafia radicada en Miami y sus mercenarios criollos.

Sin lugar a dudas los cambios en las relaciones con los Estados Unidos se imbrican con el objetivo del 7º Congreso del Partido de garantizar la continuidad de nuestro proceso socialista; lo que no incluye la desaparición de la contradicción entre los intereses del imperialismo norteamericano y los de la nación cubana; ello implica un desafío ideopolítico y cultural mucho más complejo y difícil; ya que esta contradicción se expresará con modos más sutiles y camuflados y en medio de una inevitable progresión interna de la desinformación, la cultura capitalista y las acciones subversivas apoyadas en las ventajas tecnológicas que poseen.

El enfrentamiento exitoso a esta neo ofensiva imperial necesita, por una parte, de un sostenido crecimiento económico en los próximos años, también que la labor político-ideológica con el pueblo y particularmente con los más jóvenes alcance el más alto nivel, y desarrollar la democracia política con orientación socialista al máximo posible en todas las esferas de la sociedad. Este último empeño, que es al que está dedicado el presente trabajo, propiciaría que el pueblo alcanzara un grado tal de empoderamiento, que sería la póliza de seguros para la irreversibilidad del socialismo en Cuba.

La ejecución de las siguientes direcciones de trabajo que a mi juicio pudieran contribuir al perfeccionamiento de la democracia política en Cuba está enmarcada dentro de las posibilidades y potestades de las instituciones y organizaciones que conforman el sistema político cubano. De lo que se trata es de revelar la voluntad política que las haga posible, máxime cuando sus esencias están recogidas en el pensamiento de José Martí, Fidel y Raúl Castro, y por otra parte descansan en la rica tradición revolucionaria acumulada por la sociedad cubana sobre experiencias que han asegurado el desarrollo de la Nación. Entre estas están: los modos en que se reproducen los poderes del Estado; el carácter participativo del sistema electoral; la manera en que se elige al presidente del país; el papel del Partido como fuerza política garante de la cohesión de la sociedad; así como las relaciones de cooperación existentes entre el Estado, las organizaciones de masas, sociales y el Partido. Constituyen también prácticas sui géneris las sistemáticas consultas a la ciudadanía; la participación de las organizaciones de masas, sociales y de profesionales en la vida política del país; el papel político de los colectivos de trabajadores de los centros productivos, de servicios, educacionales y de salud, así como de los campesinos y cooperativistas.

El orden en que aparecen las propuestas no reviste importancia y contienen una breve alusión a su posible impacto sobre la democracia política. Será necesario que en la anunciada reforma constitucional, entre los aspectos que contemple se establezcan pautas que impidan que desde la superestructura política se adopten medidas que posibiliten un desarrollo descontrolado de las relaciones mercantiles. Ello impediría que desde la institucionalidad se afectara el carácter socialista de las transformaciones en marcha, con graves consecuencias para la democracia.

En esta misma reforma constitucional deben quedar pautadas las bases para una ley de comunicación que asegure la libertad de expresión, el pluralismo ideológico y todas las formas de expresión de ideas. La misma extendería los espacios y medios de lucha ideológica a todos los ciudadanos y escenarios, lo que multiplicaría los sujetos ideológicos revolucionarios. Resultará conveniente ampliar las posibilidades de los ciudadanos a expresar sus opiniones, sea esta cual sea, y a ser escuchado en los innumerables espacios disponibles. Potenciar esta práctica incrementaría el valor de nuestra democracia política al dotarla de la transparencia, actualidad, universalidad e inmediatez informativa que les corresponden a las instituciones y organizaciones de nuestro sistema político.

Los directivos de todos los niveles y estructuras de la sociedad, dada su condición de cuadros políticos de la Revolución, deben desarrollar el interés y la capacidad de dialogar con intencionalidad ideológica. El diálogo constituye la mejor herramienta de la comunicación política para la conformación de los consensos políticos, núcleo duro de la democracia política. El Partido como fuerza dirigente superior de la sociedad y el Estado, debe ser interpretado así por la inmensa mayoría del pueblo, y para que este lo comprenda, sus estructuras y cuadros a todos los niveles deben sustituir el ordeno y mando por la construcción de consensos políticos. La validación de las decisiones del Partido mediante los consensos consolida la democracia política.

Para la existencia de nuestra democracia política resultará esencial que la inmensa mayoría del pueblo comprenda que el respaldo jurídico a la función del Partido en la orientación, coordinación y control de los esfuerzos de la sociedad hacia las metas comunes, continuará siendo estratégica dada la continuidad y diversificación de la hostilidad de los Estados Unidos y sus aliados contra la Revolución. Los rezagos y nuevos aprendizajes sobre el estilo de dirección centrista y verticalistas, propio de la cultura capitalista, hacen engorrosa la asimilación y el ejercicio de la dirección colectiva en la práctica socio económica nacional. Sobre este asunto se requerirá de una mejor capacitación y exigencia para que los directivos y colectivos la incorporen a su quehacer y con ello ganar en eficacia a la vez que se fortalece la democracia política en cada lugar.

El sistema político a todas las instancias deberá accionar para convertir en tendencia el empoderamiento del pueblo, asegurando de manera creciente un mayor y más amplio protagonismo de los ciudadanos en los procesos políticos. El empoderamiento de la sociedad, como expresión máxima de la democracia política en Cuba asegurará el anclaje del socialismo en la conciencia nacional. No caben dudas de que los principios que fundamentan el Poder Popular son democráticos6, pero dado que en su funcionamiento, particularmente a nivel municipal, estos pierden sentido por justas insatisfacciones de la población, resultará imprescindible perfeccionar las acciones de control público sobre el desempeño de sus estructuras, dependencias y cuadros.

Para ampliar la democracia participativa sería conveniente organizar consultas populares sobre importantes asuntos de interés comunitario, que regularmente el Poder Popular evalúa en las diferentes instancias. Esta práctica favorecería el empoderamiento de la ciudadanía por su participación directa en las decisiones y fortalecería el papel de los representantes populares. Durante los procesos de nominación de candidatos a delegados provinciales y diputados, desde diferentes centros de producción y servicios, así como investigativos, educacionales y de profesionales pudieran realizarse propuestas a las respectivas comisiones de candidaturas. Este proceder ampliaría el carácter participativo de la democracia política en el país.

Sin dejar de considerar el carácter no profesional de delegados provinciales y diputados resultará necesario la creación de mecanismos y fórmulas que desde el proceso de nominación, elección y posterior rendición de cuentas, estos se vinculen de manera directa a la población con independencia de sus responsabilidades. Este contacto directo con los ciudadanos fortalecería la contribución del Poder Popular a la democracia política del país.

Para un proyecto político sui géneris como el que desarrollamos, que además existe sometido a la hostilidad permanente de los Estados Unidos, resulta esencial la elevación del nivel de conocimiento que sobre los principios que lo sustentan, su desarrollo y los defectos a superar, tenga la población y particularmente los niños y jóvenes. En este sentido los medios de comunicación y la escuela cubana tienen un desafío aún no asumido en la magnitud que exige el desarrollo de la democracia política del país.

En la persistencia de los altos índices de indisciplinas, ilegalidades, delitos y actos de corrupción que tienen lugar en las entidades estatales y los territorios, lo que distorsiona el carácter democrático de la Revolución por ser resultado del dejar hacer y el descontrol, es innegable la responsabilidad de los jefes a todos los niveles. En tal sentido se debe instituir un control popular y público que dé cuentas de los resultados del desempeño de los directivos en la reducción de tales problemas.

La realización de las consultas masivas con el pueblo sobre las políticas estratégicas de la Revolución, práctica asentada en el imaginario popular, deben ampliarse y no someterlas a apresuramientos ni calendarios formales. El elevado nivel cultural y político de los cubanos se engrandece en ejercicios de esta naturaleza a la vez que se fortalece la democracia política ya alcanzada.
La dirección de la Revolución nos ha ofrecido ejemplos paradigmáticos en cuanto al ejercicio de la crítica y la autocrítica durante el análisis de los resultados del trabajo, la vinculación directa con las masas para dar explicaciones y encontrar soluciones a los problemas, así como el valor que encierra el ejemplo personal durante el desempeño público. Para la asunción de estas prácticas por los que hoy dirigen, resultará imprescindible que los jefes evalúen cómo sus subordinados las ejercen, lo que fortalecería el carácter democrático de la dirección política en Cuba. Hasta aquí mis consideraciones sobre el perfeccionamiento de la democracia política en Cuba. Sin lugar a dudas, alcanzar este empeño resulta una tarea de alta complejidad, pero estratégica y decisiva para la continuidad de la Revolución, y la asunción por el Partido del liderazgo de la sociedad cubana en la construcción del socialismo.
Las posibilidades de lograrlo se fundamentan en una obra material y espiritual de dimensión universal, no solo por lo logrado sino porque los cubanos la han construido en las más difíciles condiciones.

Constituye también una fortaleza disponer de una experiencia de dirección política de medio siglo, que ha sabido responder a las circunstancias histórico-concretas en que la Revolución se ha desenvuelto y se ha sometido por sí misma a diversos procesos de rectificación, y finalmente, al empeño se suma la autoridad, capacidad y voluntad política demostrada por el Partido encabezando los programas de desarrollo en busca de un desarrollo próspero y sostenible.

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